SIERVOS CON CORAZONES ENFERMOS
“9 A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: 10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. 11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; 12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. 13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. 14 Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.”
Lucas 18:9-14
En la vida cristiana necesitamos ser confrontados con la Palabra de Dios. Creo que es necesario examinar nuestros corazones constantemente, ya que nos puede dirigir hacia actitudes enfermas. Y es que servir al Señor en algún ministerio en la Iglesia no nos exime de cometer maltrato, vivir una hipocresía, mirarnos como indispensables, tener malas actitudes, usar mal la Palabra de verdad, etc.
Nuestro corazón puede ser un buen siervo cuando lo rendimos a los pies de Cristo, pero se convierte en un amo perverso cuando nos controla con motivaciones equivocadas aun en el servicio al Rey.
Es interesante que esta parábola muestra la historia de dos personajes: un fariseo y un publicano. Me centraré en el primero. ¿Quién era un fariseo? Eran un grupo de líderes y maestros religiosos judíos muy respetados por el pueblo. Su nombre proviene del hebreo perushim, que significa «separados». Eran muy estrictos al interpretar y cumplir la Ley de Moisés y las tradiciones orales. Aunque compartían muchas creencias fundamentales con Jesús, Él los confrontó duramente. Jesús criticó su rigidez, el legalismo extremo y la hipocresía, señalando que se preocupaban más por cumplir reglas externas o rituales que por practicar la justicia, la misericordia y el verdadero amor hacia Dios y el prójimo.
Es decir, eran aquellos que enseñaban la Palabra, conocían la Ley y eran tomados en alta estima por el pueblo. Se supone que ellos debían enseñar con el ejemplo lo que estudiaban y albergaban en el corazón.
¿De qué formas se puede mostrar un corazón enfermo en el servicio al Señor y Su Iglesia? A través de la vida de este fariseo, veamos las siguientes formas:
1. Una oración mal dirigida: “11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; 12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. “ (vv.11-12)
Es triste decirlo, pero su oración vino acompañada de exaltar sus “buenas acciones” al compararse con otros. Su oración no estaba centrada en Jesús, sino en él mismo.
Cuando Jesús no es el centro de nuestra oración, cualquier otro lo será. Desde ese momento, nuestra oración ya está mal dirigida. Cuando no miramos a Jesús con ojos humildes, nos miramos al espejo con ojos altivos. Lo dijo Jhon Flavel: “Es más fácil gritar con furia por mil pecados ajenos que matar uno propio».
2. Un corazón soberbio: “A unos que confiaban en sí mismos como justos,” (v.9a)
El pasaje inicia de esa forma, lo que nos da a notar que había dentro de la comunidad cristiana algunos que se veían mejor que otros. Es triste, pero pareciera que hay algunos cristianos que compiten con otros por quién es el mejor. El mejor y único es Cristo, no hay otro más.
Creer y decir que soy más espiritual, que manejo mejor la doctrina, que vivo un cristianismo humilde y piadoso, a veces solo muestra todo lo contrario. Un corazón quebrantado no busca ser reconocido ni exaltado, sino solo Cristo.
3. Una actitud arrogante: “… y menospreciaban a los otros,” (v.9b)
Un corazón soberbio nos llevará a una actitud arrogante, que a la luz termina por afectar a otros. Algo que tengo claro en mi vida es que, si mi corazón no es quebrantado en la presencia de Dios, terminará por quebrantar a la gente que me rodea: familia, hermanos, amigos, etc.
Cuando el corazón no ha sido rendido completamente y el carácter no ha sido formado antes de servir, es mucho el daño que podemos causar.
Quizás conoces más Biblia que otros, tienes un talento hermoso o tu ministerio crece de forma notable, etc., recuerda que todo es por pura gracia, nada por meritocracia. No olvides que, “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” – Salmos 51:17
¡Cuidado, podemos ser buenos teólogos
y al mismo tiempo ser malos cristianos!
El Señor nos libre de actitudes farisaicas y aprendamos a vivir con un corazón que se humilla ante la presencia de Su Dios a diario. Podemos ser útiles en el ministerio, pero todos peleamos con un fariseo dentro que de vez en cuando quiere aparecer. ¡Cuidado! Líderes con corazones enfermos terminan por dañar y maltratar a las ovejas.
¡Estudia la Palabra! ¡Vive la Palabra! ¡Enseña la Palabra!

Daniel Alcántara
Pastor Titular
