YO DECLARO, YO DECRETO: ¿ES BÍBLICO?
«Porque él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió».
Salmo 33:9
Vivimos en una época donde expresiones como “yo declaro”, “yo decreto”, “lo proclamo y lo recibo” se han vuelto comunes dentro de algunos círculos cristianos. Se enseña que nuestras palabras pueden crear realidades y que, mediante la fe, podemos “decretar” aquello que queremos recibir de Dios. Pero debemos distinguir entre la palabra del Creador y las palabras de la criatura. Dios crea por su palabra; nosotros no poseemos ese poder creador.
- DIOS CREA POR SU PALABRA; NOSOTROS NO
Génesis 1 muestra repetidamente: “Y dijo Dios”, y aquello que Dios habló llegó a existir. Salmo 33:9 confirma: “Él dijo, y fue hecho”. La palabra de Dios no es simplemente una declaración positiva; es una palabra soberana que produce lo que Él determina.
Pretender que nuestras declaraciones tienen el mismo poder es colocar al ser humano en una posición que corresponde exclusivamente a Dios. Nosotros hablamos porque Dios ya habló; no hablamos para crear nuestra propia realidad.
2. LA ORACIÓN NO MANIPULA A DIOS; SE SOMETE A SU VOLUNTAD
Jesús enseñó: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10). Y en Juan 14:13 explicó que las peticiones hechas en su nombre tienen como propósito “que el Padre sea glorificado en el Hijo”.
Orar “en el nombre de Jesús” no significa añadir esas palabras al final de una declaración para garantizar que recibiremos lo que queremos. Significa pedir bajo su autoridad, conforme a su carácter y para su gloria.
La oración bíblica no convierte a Dios en nuestro servidor; nos coloca a nosotros bajo el señorío de Dios.
3. LA FE CONFÍA EN DIOS, NO EN EL PODER DE NUESTRAS PALABRAS
La Biblia nos llama a confiar en Dios, no en nuestra capacidad de producir resultados mediante confesiones positivas. Santiago 4:15 dice: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”.
La Biblia no enseña que nuestras palabras sean irrelevantes. Proverbios 18:21 afirma: “La muerte y la vida están en poder de la lengua”. Santiago 3 enseña que la lengua puede causar enormes consecuencias. Nuestras palabras pueden animar o destruir, reconciliar o dividir, edificar o herir. Por eso debemos hablar con verdad, gracia y sabiduría (Ef. 4:29; Col. 4:6).
Pero una cosa es reconocer el poder moral y relacional de nuestras palabras, y otra muy distinta afirmar que poseen poder creador. No somos pequeños dioses. Somos criaturas.
La verdadera fe no dice: “Yo decreto y Dios debe hacerlo”. Dice: “Dios es soberano, su Palabra es verdadera y confío en Él, aun cuando no haga lo que yo esperaba”.
4. ENTONCES, ¿QUÉ DEBEMOS DECLARAR?
El cristiano no necesita vivir repitiendo: “Yo decreto mi futuro”. Necesita proclamar fielmente lo que Dios ya ha dicho.
Podemos proclamar:
- Dios es fiel (1 Co. 1:9).
- Cristo es suficiente (Col. 2:10).
- Dios está con nosotros (Mt. 28:20).
- Todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios (Ro. 8:28).
- Nada nos podrá separar del amor de Dios (Ro. 8:38-39).
No necesitamos declarar nuestro futuro para sentirnos seguros; necesitamos conocer al Dios que sostiene nuestro futuro. No somos creadores de realidades mediante nuestras palabras. Somos criaturas llamadas a escuchar, creer, obedecer y proclamar fielmente la Palabra de nuestro Creador.
No pongamos nuestra confianza en lo que nosotros podemos declarar. Pongamos nuestra confianza en lo que Dios ya ha dicho.
No declares para controlar a Dios; proclama para conocerlo, obedecerlo y confiar en Él.
«El que tenga mi palabra, hable mi palabra con fidelidad» (Jeremías 23:28).
Avancemos con fe

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
