INFANCIA ESPIRITUAL: Un peligro en el creyente
«Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido».
Hebreos 5:12
La vida cristiana comienza con un nuevo nacimiento, pero nunca fue diseñada para quedarse allí. Nadie espera que un bebé permanezca toda su vida en una cuna, alimentándose únicamente de leche. De la misma manera, Dios no nos salvó para permanecer como niños espirituales, sino para crecer hasta parecernos a Cristo. Sin embargo, muchos creyentes llevan años en la iglesia, pero siguen siendo inmaduros, vulnerables a los errores y sin discernimiento espiritual. El autor de Hebreos levanta una seria advertencia: el mayor peligro no siempre es abandonar la fe de manera visible, sino permanecer estancados espiritualmente. Cristo murió para transformarnos, no simplemente para perdonarnos. Por eso, cada creyente debe preguntarse: ¿Estoy creciendo o solo estoy acumulando años como cristiano?
1. La infancia espiritual permanece cuando dejamos de escuchar a Dios (v.11)
El escritor de Hebreos quería enseñar verdades profundas acerca del sacerdocio de Cristo, pero encontró un obstáculo: sus lectores se habían vuelto «tardos para oír». No era un problema intelectual, sino espiritual. Habían perdido el interés por la Palabra y su corazón se había vuelto indiferente.
La inmadurez no aparece de un día para otro. Empieza cuando dejamos de anhelar la presencia de Dios, cuando la Biblia deja de conmovernos y las prioridades del mundo comienzan a ocupar el lugar que solo Cristo debe tener. Poco a poco el creyente sigue asistiendo a la iglesia, pero su pasión por Dios disminuye. La salud espiritual no se mide por cuánto tiempo llevamos en la iglesia, sino por cuánto sigue hablando Dios a nuestro corazón.
2. La infancia espiritual no refleja evidencias de madurez (vv.12-13)
El autor afirma que, después de tanto tiempo, aquellos creyentes ya debían ser maestros; sin embargo, todavía necesitaban que alguien les enseñara las verdades más básicas de la fe. Seguían alimentándose de «leche» cuando debían disfrutar del alimento sólido. La leche no es mala; todos comenzamos allí. El problema aparece cuando un creyente se conforma con lo elemental y nunca profundiza en el conocimiento de Cristo. La madurez espiritual se evidencia cuando la Palabra transforma nuestro carácter, fortalece nuestra fe y nos capacita para discipular a otros.
3. La infancia espiritual carece de discernimiento para vivir piadosamente (v.14)
Hebreos concluye diciendo que el alimento sólido es para los adultos, aquellos que, por la práctica constante de la Palabra, tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal.
El discernimiento no surge automáticamente con los años, sino mediante una vida de obediencia. Cada vez que aplicamos la Escritura, el Espíritu Santo afina nuestra capacidad para distinguir la verdad del error, la voluntad de Dios de los deseos de la carne y lo eterno de lo pasajero.
La falta de discernimiento produce malas decisiones, relaciones equivocadas y dolorosas consecuencias. En cambio, quien permanece en la Palabra desarrolla una mente gobernada por Cristo y aprende a caminar con sabiduría en medio de un mundo lleno de engaño.
El creyente que permanece en la Palabra no solo conoce la verdad; aprende a vivir conforme a ella.
No te conformes con una infancia espiritual permanente. Busca diariamente al Señor, alimenta tu alma con Su Palabra y permite que el Espíritu Santo transforme tu mente y tu corazón. La meta del creyente no es simplemente llegar al cielo; la meta es parecerse cada día más a Cristo mientras camina hacia él.
Avancemos con fe

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
