UNA HONRA QUE NO PUEDE ESPERAR
«Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.»
Efesios 6:2-3
Hay algo que me inquieta cada vez que escucho en un funeral las palabras: «Honremos su memoria». No porque sea incorrecto hacerlo, sino porque me pregunto: ¿por qué esperar hasta que alguien parta para honrarlo? ¿Por qué tantas flores cuando ya no pueden verlas? ¿Por qué tantos elogios cuando ya no pueden escucharlos?
La honra que agrada a Dios no comienza en el cementerio; comienza en el hogar.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que abrazaste a tu padre o a tu madre? ¿Hace cuánto no los llamas simplemente para preguntarles cómo están? ¿Sabes si tienen sus medicamentos? ¿Si están comiendo bien? ¿Si necesitan ayuda? ¿Si hay alguna preocupación que los desvela por las noches?
Quizás la pregunta más difícil sea esta: ¿cuándo fue la última vez que les dijiste: «Papá, mamá, los amo»?
Vivimos tan ocupados construyendo nuestros propios proyectos que muchas veces olvidamos a quienes sacrificaron parte de su vida para construir la nuestra.
Es cierto que no todas las historias familiares son sencillas. Algunos crecieron con padres amorosos; otros, con padres ausentes, distantes o heridos. Quizás no recibiste todas las palabras de afirmación que necesitabas. Quizás hubo errores que dejaron marcas profundas en tu corazón. Tal vez tu padre o tu madre no fueron el modelo que hubieras deseado.
Pero la honra bíblica no consiste en afirmar que nuestros padres fueron perfectos. Consiste en reconocer que Dios nos llama a responder con amor, respeto y misericordia, aun cuando ellos hayan tenido debilidades y limitaciones.
Muchas veces juzgamos a nuestros padres desde las heridas que nos dejaron, pero olvidamos las heridas que ellos mismos cargaban. Detrás de muchos errores hubo personas que también lucharon, sufrieron y enfrentaron circunstancias que nosotros nunca terminamos de comprender.
Por eso el evangelio nos confronta. Nos recuerda que el amor maduro no solo exige recibir; también aprende a dar. No solo señala faltas; también extiende gracia. No solo recuerda heridas; también busca reconciliación.
Y aquí aparece la gran esperanza de este pasaje: tenemos un Padre celestial perfecto. Él conoce cada lágrima que derramaste y cada vacío que llevas dentro. Donde faltó amor, Él puede restaurar. Donde hubo rechazo, Él puede sanar. Donde existe resentimiento, Él puede producir perdón.
Dios nunca prometió padres perfectos, pero sí prometió estar con nosotros todos los días. En Cristo encontramos la identidad, el amor y la aceptación que ninguna persona puede ofrecer plenamente.
Por eso, si tus padres aún viven, no pospongas la honra. No esperes una fecha especial. No esperes a que sea demasiado tarde. Llámalos. Visítalos. Escúchalos. Abrázalos. Ora por ellos. Pídeles perdón si es necesario. Perdónalos si aún guardas heridas.
¡La vida es más frágil de lo que imaginamos!
No esperes honrar su memoria mañana cuando puedes honrar su vida hoy.
Porque las flores más hermosas no son las que se colocan sobre una tumba, sino las que se entregan mientras todavía hay tiempo para recibir una sonrisa, un abrazo y un «te amo».
Dile al Señor: «Sana mi corazón de toda herida relacionada con mis padres. Ayúdame a honrarlos con mis palabras y acciones. Dame humildad para perdonar, valentía para reconciliarme y sabiduría para aprovechar el tiempo que aún me permites compartir con ellos. Amén.»

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
