EL DOLOR DE SER CRISTIANO
“Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.”
Juan 15:2
El dolor es una de las experiencias más complicadas que vive toda persona. En algunos casos el dolor se ha instalado en la vida de alguien como un compañero de viaje. De allí que la ciencia haya creado para el dolor físico analgésicos que van desde la aspirina hasta la morfina según el caso. Pero también hay dolores emocionales y espirituales que confronta el ser humano y que la ciencia no ha logrado hallar un paliativo seguro.
El Señor Jesucristo, vivió y sufrió cada uno de estos dolores. De él precisamente habló el profeta Isaías, cuando dijo: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.” (Isaías 53:3).
El cristiano también experimenta estas tres clases de dolores. Claro que, del primero, se encarga la ciencia médica; pero el segundo y tercero son los más complicados, pues tienen que ver con pérdidas afectivas, traumas, culpas, decepciones, rechazos, etc. Y para los últimos, se evidencian en las crisis de fe, la lejanía de Dios, la falta de propósito, el pecado, y la sequedad interior.
En la analogía de Jesús en (Juan 15:2) para mostrar la obra del Labrador (el Padre), en la vida del creyente (el pámpano), es imprescindible que este, sienta el dolor:
1. EL DOLOR QUE EXTIRPA. Esta es una experiencia sumamente dolorosa, porque lo está cortando, lo está separando definitivamente: “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará;” (Juan 15:2a), el Padre se encarga de desarraigar aquellas almas que pueden estar en la congregación, pero solo por conveniencia, hablan de fe, pero tan solo son apariencia. El verdadero cristianismo no depende de cuánto se habla de Cristo, sino, de cuánto nos parecemos a él. Corta a quienes han sustituido la obediencia por la emoción y el fruto por las explicaciones. La rama que no da fruto, muestra que nunca fue parte de la vid. Dios no busca hojas, busca en ellos fruto. Lo peor es que estos creyentes asisten al templo, oran aparentemente, se alimentan de la religión, pero no del Espíritu. Ellos serán cortados, quitados y quemados.
2. EL DOLOR QUE PRODUCE CRECIMIENTO. Pero, hay otro tipo de pámpanos que viven unidos a la vid, que dependen de ella, que viven sujetos en amor y obediencia, que saben que por sí mismos no pueden dar fruto. A ellos se dirige Jesús cuando dice: “y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.” (Juan 15:2). El Padre usará las tijeras, el pámpano sentirá el dolor. Pero la poda es inevitable para sacar hojas inútiles, algo que no sirve, algo que impide el crecimiento. Cortará actitudes de orgullo, pecados escondidos; cortará amistades, planes inútiles, sueños descabellados. El creyente podado sentirá el alivio del amor de Dios, el propósito de Él en Su vida ha comenzado para poder ver su fruto a su tiempo. Dios no quita nada sin antes poner algo mejor, por eso, la poda es necesaria para generar el espacio, donde pueda trabajar el Padre.
Muchas veces como creyentes, pensamos que estando en Jesús nunca sentiríamos dolor; pero, muchas veces no nos damos cuenta de que es necesario sentir el dolor de la poda para poder empezar a dar fruto que permanezca.
¡Con la expectativa de verte!

Vicente Alcántara Ulloa
Pastor Supervisor
