¿POR QUÉ ES QUE DIOS NO SANA A TODOS?
“Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”.
2 Corintios 12:9
La pregunta resuena en el corazón de muchos creyentes: ¿Por qué es que Dios no sana a todos? Cuando vemos a un ser querido padecer una enfermedad crónica, o experimentamos nosotros mismos dolores que parecen no tener fin, surge la inquietud. Sin embargo, la Palabra de Dios nos recuerda que su obrar no está sujeto a nuestros deseos, sino a sus propósitos eternos.
1. La sanidad final está asegurada
El evangelio nos garantiza que todo hijo de Dios experimentará la restauración perfecta. Pablo afirma: “Se siembra en debilidad, resucitará en poder… y esto mortal se vestirá de inmortalidad” (1 Corintios 15:43,54). Aunque hoy nuestros cuerpos se desgastan, llegará el día en que seremos transformados y glorificados en la resurrección. Esta certeza nos da esperanza: el dolor y la enfermedad no tendrán la última palabra. AMÉN!!
2. La sanidad ocurre en el tiempo de Dios
La Escritura nos enseña que Dios actúa “en el cumplimiento del tiempo” (Gálatas 4:4). Todo tiene su momento (Eclesiastés 3:1-8), incluso la sanidad. No es cuestión de caprichos humanos ni de fórmulas. Pablo nos habla de Epafrodito, quien estuvo al borde de la muerte antes de ser sanado (Filipenses 2:27). También aconseja a Timoteo usar remedios para su estómago y dolencias crónicas (1 Timoteo 5:23). Ni siquiera los apóstoles podían sanar a voluntad. La hora de la sanidad depende de la sabiduría y soberanía de Dios. Por eso, podemos ver la sanidad como una cita divina con el Médico Celestial: Él sabe cuándo y cómo responder.
3. El sufrimiento nos redirige a la cruz
Además de esperar la sanidad futura y confiar en el tiempo perfecto de Dios, debemos reconocer que muchas veces el sufrimiento es el medio por el cual el Señor redirige nuestra mirada a la cruz. El cristianismo no es un llamado a la comodidad, sino a seguir a Cristo en su senda de entrega y dolor. Jesús mismo dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23).
La enfermedad, la debilidad y el dolor pueden recordarnos que nuestra esperanza no está en esta vida, sino en el Salvador que sufrió por nosotros. El sufrimiento nos une más a Cristo, quien llevó nuestras dolencias en la cruz (Isaías 53:4). Además, nos recuerda que el discipulado implica perseverar aun en medio de la aflicción, confiando en que Dios usa nuestras pruebas para moldearnos y hacernos partícipes de los padecimientos de Cristo (Filipenses 3:10).
De esta manera, el sufrimiento se convierte en un maestro que nos enseña dependencia, humildad y comunión más profunda con el Señor. No siempre entenderemos el “por qué”, pero podemos confiar en que Dios nos guía hacia el “para qué”: para que su gloria se manifieste en nuestra vida.
No todos son sanados de inmediato, pero todos los que están en Cristo tienen asegurada la sanidad eterna. Mientras tanto, aprendemos a confiar en el tiempo perfecto de Dios y a abrazar el sufrimiento como un camino que nos lleva de nuevo a la cruz. Nuestra enfermedad no es un fracaso de la fe, sino una oportunidad para experimentar la gracia suficiente de Cristo.
Avancemos con fe

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente

A veces incomprensible para nosotros, pero siempre hay un propósito! 🙏🏼