VIVIENDO EN LA MISERICORDIA DE DIOS
“Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron
sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.”
Lamentaciones 3:22-23
J. C. Ryle afirmó: «Si el hombre entendiera que no merece nada y que cada día es deudor de la misericordia de Dios, dejaría de quejarse.» Esta frase confronta una de las tendencias más comunes del corazón humano: la queja constante. Con frecuencia pensamos que merecemos más de lo que tenemos, mejores circunstancias o un trato diferente. Sin embargo, la Biblia nos enseña que todo lo bueno que recibimos proviene
de la gracia y misericordia de Dios. Cuando comprendemos quiénes somos delante de un Dios santo y cuánto nos ha perdonado en Cristo, nuestra actitud cambia de la queja a la gratitud.
1. Reconocer que no merecemos nada nos lleva a la humildad
La queja nace muchas veces de un sentido equivocado de merecimiento. Creemos que Dios o los demás nos deben algo. Pero las Escrituras enseñan que todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Si Dios nos tratara estrictamente según nuestros méritos, estaríamos bajo juicio.
El profeta Jeremías, en medio de la devastación de Jerusalén, reconoció que el pueblo seguía vivo únicamente por la misericordia divina. Esta comprensión produce humildad. Cuando entendemos que la salvación, la vida, la salud, la familia y cada bendición son regalos inmerecidos, dejamos de exigir y comenzamos a agradecer. La humildad nos ayuda a ver cada día como una oportunidad concedida por la gracia de Dios.
2. Reconocer la misericordia diaria de Dios nos lleva a la gratitud
La misericordia de Dios no es un evento aislado del pasado; es una realidad presente y constante. Cada mañana recibimos nuevas muestras de su fidelidad. Respiramos, vivimos, disfrutamos de su provisión y, sobre todo, tenemos acceso a Él por medio de Jesucristo.
El creyente que contempla diariamente la misericordia divina desarrolla un corazón agradecido. Aun en medio de pruebas, puede reconocer que Dios sigue obrando para su bien. La gratitud no depende de circunstancias perfectas, sino de una correcta perspectiva espiritual. Cuando vemos la vida a través del lente de la misericordia de Dios, las quejas disminuyen y la adoración aumenta.
Conclusión
Esto nos recuerda una verdad fundamental: no vivimos por nuestros méritos, sino por la misericordia de Dios. Cada día es una evidencia de que el Señor sigue siendo paciente, bondadoso y fiel con nosotros. Cuando comprendemos que no merecemos nada y que todo lo que tenemos proviene de su gracia, dejamos de enfocarnos en lo que nos falta y comenzamos a agradecer por lo que hemos recibido.
Que hoy podamos mirar nuestra vida con ojos de gratitud y decir como el salmista: «Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios» (Salmo 103:2).
¡Creciendo en la Palabra y viviendo juntos en santidad!

Luiggi Naveda
Pastor Asistente

«Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios» (Salmo 103:2). 🙏🏽