¿ACEPTANDO LA CORRECCIÓN?
“Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”.
Hebreos 12:5-6
A nadie le gusta ser corregido. Desde niños tendemos a justificar nuestros errores, defender nuestras acciones o buscar excusas para no reconocer nuestras faltas. Sin embargo, una de las evidencias más claras de madurez espiritual no es la ausencia de errores, sino la disposición para aceptar la corrección cuando Dios nos muestra que estamos equivocados.
Vivimos en una cultura que valora la autonomía personal y donde muchas veces se considera ofensivo que alguien señale nuestros errores. Pero en la vida cristiana, rechazar toda corrección es un camino peligroso, porque Dios utiliza la disciplina y la exhortación para moldearnos a la imagen de Cristo.
El autor de Hebreos recuerda a los creyentes que la disciplina de Dios no es una señal de rechazo, sino una demostración de amor. Así como un padre responsable corrige a sus hijos para guiarlos por el camino correcto, Dios corrige a sus hijos porque se preocupa por ellos.
A veces esa corrección llega por medio de la lectura de la Palabra, cuando un versículo confronta una actitud pecaminosa. En otras ocasiones llega mediante una prédica, un líder espiritual, un hermano en la fe o incluso a través de las consecuencias de nuestras propias decisiones. El problema no es que Dios nos corrija; el problema es cómo reaccionamos cuando lo hace.
Este pasaje bíblico menciona dos extremos que debemos evitar. 1) Menospreciar la corrección: Sabemos que debemos cambiar algo, pero seguimos adelante como si nada hubiera pasado. Es endurecer el corazón frente a la voz de Dios, y 2) Desanimarnos por la corrección: Otros reaccionan de manera opuesta. Cuando somos confrontados por nuestro pecado, nos llenamos de culpa, vergüenza o frustración. Ninguna de estas respuestas son correctas. Dios no nos corrige para destruirnos ni para humillarnos, sino para transformarnos.
Quien te escribe también comete errores (me equivoco), y debo ser honesto al decirte que no he reaccionado de la mejor manera cuando me han observado dichas faltas de mi parte. Toda corrección duele en el momento. Nadie disfruta que le señalen una actitud orgullosa, una palabra hiriente o una decisión equivocada. Sin embargo, cuando entendemos que no se trata de una persona fijándose en nuestros errores, sino de Dios queriendo obrar en ti, aceptamos la disciplina de Dios con humildad, y de hecho que esto produce crecimiento espiritual.
Ahora estoy aprendiendo a agradecer a Dios por cada persona o medio que Él usa para corregir mis errores, y si algo estoy llegando a entender también, es que cada corrección aceptada se convierte en una oportunidad para parecerse más a Cristo (¡Amén por ello!).
Quizá hoy Dios está señalando algo en tu corazón: una actitud, un hábito, una relación o una decisión que necesita cambiar. No ignores Su voz ni te desanimes. Recibe Su corrección como una expresión de Su amor y de Su compromiso con tu crecimiento espiritual.
ORACIÓN:
Señor, gracias porque me amas lo suficiente como para corregirme cuando me equivoco. Perdóname por las veces que he endurecido mi corazón o he rechazado Tu disciplina. Ayúdame a recibir Tu corrección con humildad y obediencia. Moldea mi carácter, transforma mi vida y hazme cada día más parecido a Cristo. En el nombre de Jesús. Amén.

Alex Plasencia
Pastor Asistente
