IMPLICANCIAS DE LAS MISIONES
“Como el Padre me ha enviado, así también yo los envío”.
Juan 20:21
Cuando hablamos de misiones, muchas veces pensamos en viajes, proyectos, campañas evangelísticas o misioneros que sirven en lugares lejanos. Sin embargo, la Biblia presenta las misiones como algo mucho más profundo: una expresión del corazón de Dios y una responsabilidad de toda la iglesia. David Platt enfatiza que la iglesia local no es simplemente un lugar donde los creyentes se reúnen, sino una comunidad enviada al mundo para cumplir la Gran Comisión.
A continuación, resalto principios esenciales que deben orientar la visión misionera de la iglesia:
1. La oración debe ocupar un lugar central.
Jesús ordenó: “Rueguen al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt. 9:38). La misión comienza de rodillas antes que en el campo. Una iglesia que no ora, difícilmente tendrá una visión misionera saludable.
2. Debemos recordar que Dios es la fuente de la misión.
No somos nosotros quienes ideamos la misión; es Dios quien envía. Así como el Padre envió al Hijo, Cristo envía a su iglesia. Esta verdad nos libra tanto del orgullo como del temor, porque la obra pertenece a Dios y no a nosotros.
3. Cristo es el mensaje de la misión.
El propósito de las misiones no es promover una cultura, una organización o una filosofía de vida. Pablo declaró: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co. 1:23). Cuando Cristo deja de ser el centro, la misión pierde su esencia.
4. El Espíritu Santo es el poder de la misión.
La expansión del evangelio no depende de recursos, estrategias o capacidades humanas. Jesús prometió: “Recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes” (Hch. 1:8). Toda obra misionera genuina es el resultado de la acción soberana del Espíritu.
5. La iglesia local es el instrumento principal de la misión.
La Gran Comisión fue entregada a la iglesia. No se trata únicamente de enviar misioneros, sino de formar discípulos, establecer iglesias saludables y desarrollar una cultura donde cada creyente entienda que tiene una participación en la misión de Dios.
6. El mundo entero es el objetivo de la misión.
Jesús ordenó hacer discípulos de todas las naciones. Esto incluye a nuestros vecinos, pero también a los pueblos no alcanzados. La iglesia debe mirar más allá de sus cuatro paredes y preguntarse cómo puede participar en la extensión del evangelio hasta los confines de la tierra.
7. La gloria de Dios es la gran motivación de la misión.
Apocalipsis 7:9 nos muestra una multitud de toda lengua, pueblo y nación adorando al Cordero. No hacemos misiones por reconocimiento personal, crecimiento o satisfacción propia. Hacemos misiones porque Dios merece la adoración de todos los pueblos.
La pregunta para hoy es sencilla: ¿estamos viviendo como espectadores de la misión o como participantes activos en ella? Ya sea orando, dando, enviando, discipulando o yendo, cada creyente tiene un lugar en el propósito redentor de Dios. Que nuestra oración sea: “Padre, venga tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”.
Avancemos con fe.

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
