EL SILENCIO DEL SÁBADO
«Al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato, diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero.«
Mateo 27:62-64
El viernes había sido devastador. Los discípulos vieron a Jesús, su Maestro y esperanza, sufrir en la cruz hasta morir. Todo lo que habían creído parecía derrumbarse frente a sus ojos. Aquel que había hablado con autoridad, que había hecho milagros y prometido un reino, ahora yacía sin vida. El dolor no solo era por su pérdida, sino por la confusión: ¿cómo podía terminar así la historia del Mesías?
Antes de que comenzara el sábado, José de Arimatea sepultó el cuerpo de Jesús con prisa. Una piedra fue colocada sellando la tumba, y guardias fueron asignados para vigilarla. Según nos relata Mateo, la tumba no solo fue sellada, sino también vigilada. Humanamente hablando, todo estaba bajo control. No había forma de que algo cambiara. Mientras tanto, la ciudad volvía a su rutina religiosa, pero los discípulos no podían hacer lo mismo. Estaban escondidos, llenos de temor, con el corazón quebrantado y la mente llena de preguntas sin respuesta.
El sábado llegó con un silencio abrumador. Las Escrituras no registran palabras ni acciones durante ese día. No hay milagros, no hay señales, no hay intervención visible de Dios. Solo quietud. Solo espera. Para los discípulos, ese silencio debió sentirse como abandono. Todo parecía indicar que Dios no estaba haciendo nada, que el mal había vencido y que la historia había llegado a su fin.
Sin embargo, ese silencio no era vacío. Aunque ellos no podían verlo, Dios seguía obrando. El plan eterno no se había detenido en la cruz. Aquel sábado no era un día perdido, sino un momento clave en la historia de redención. Mientras todo parecía estar en pausa, el propósito de Dios avanzaba con precisión perfecta.
Así también ocurre en nuestra vida. Hay momentos en los que atravesamos nuestros propios “sábados”: temporadas donde Dios parece callar, donde las oraciones parecen no tener respuesta y donde el futuro se ve incierto. No queremos un Dios que guarde silencio, queremos al Dios cuya voz es un trueno. En momentos así nos sentimos como el salmista: “Oh Dios, no permanezcas en silencio; no calles, oh Dios, ni te quedes quieto. Porque Tus enemigos rugen, y los que Te aborrecen se han enaltecido” (Salmo 83:1-2). Son momentos donde la fe es probada y donde fácilmente podemos pensar que hemos sido olvidados.
Pero el silencio de Dios no significa Su ausencia. Él sigue presente, sigue obrando y sigue teniendo el control, incluso cuando no lo percibimos. Nuestra perspectiva es limitada, pero Dios ve el panorama completo. Lo que para nosotros es confusión, para Él es cumplimiento de Su voluntad. El silencio nos recuerda quiénes somos y quién es Él.
Nos recuerda la importancia de esperar, de confiar, de creer que su plan es más grande. “Bueno es esperar en silencio la salvación del SEÑOR”, dice el profeta (Lamentaciones 3:26). ¡Pero qué difícil es! Es más fácil andar por vista, no por fe.
El sábado no era el final de la historia, y tampoco lo es en tu vida. El dolor, la espera y la incertidumbre no tienen la última palabra. El domingo venía. La resurrección estaba a punto de cambiarlo todo. Lo que parecía derrota se convertiría en victoria, y lo que parecía el fin sería en realidad un nuevo comienzo. Por eso, si hoy te encuentras en medio del silencio, no pierdas la esperanza. Sigue confiando, sigue esperando. Dios no ha terminado contigo. Aun cuando no lo veas, Él ya está preparando lo que viene.
Recuerda que mañana será un día glorioso: ¡Jesús resucitará!
Avancemos con fe

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente

Amén 🙏 gloria a Dios
Gloria al señor Jesús