MOTIVACIÓN EQUIVOCADA
“Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros …” Santiago 4:8
Entre las actitudes y los patrones de conducta de Moisés y del pueblo de Israel existe un contraste muy marcado. Todos conocemos la historia: un pueblo que fue oprimido durante 400 años clamó a Dios por liberación, y Dios respondió enviando a un libertador: Moisés. Aunque nació hebreo, escapó de la esclavitud y fue criado en el palacio como parte de la familia del faraón.
La liberación de Israel de la esclavitud en Egipto es un paralelo claro de nuestra propia liberación de la esclavitud del pecado. No es difícil imaginar la crueldad con la que los israelitas eran tratados y maltratados por los egipcios. Sin embargo, a pesar de haber sufrido tanto, olvidaron rápidamente. Incluso después de su liberación, cada vez que enfrentaban dificultades, se quejaban y expresaban que preferían haber permanecido en Egipto. Llegaron a burlarse de sus propias oraciones por liberación diciendo cosas como: “Nos iba mejor cuando estábamos en Egipto”. En un momento de rebeldía incluso dijeron: “Designemos un capitán y volvamos a Egipto” (Nm. 14:4).
Moisés, en cambio, fue diferente. Curiosamente, él era el único que realmente había disfrutado de las comodidades de Egipto. Había sido criado en el palacio del faraón, rodeado de riqueza, educación y privilegios. Tenía acceso a lo mejor: la mejor comida, la mejor ropa y la mejor formación. Humanamente hablando, su futuro era prometedor y su herencia podía haber sido enorme. Sin embargo, decidió dejar todo eso voluntariamente. A diferencia del pueblo de Israel, Moisés nunca miró atrás ni anheló lo que había dejado.
¿Qué marcó la diferencia? La respuesta es simple: Moisés tuvo un encuentro con Dios.
Frecuentemente, cuando se nos pregunta hacia dónde llevaba Moisés al pueblo de Israel al sacarlos de Egipto, respondemos: “A la tierra prometida”. Pero en realidad, ese no era el objetivo principal. En Éxodo 7:16 encontramos las palabras que Dios ordenó decir al faraón por medio de Moisés: “Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto”. Dios no dijo: “Deja ir a mi pueblo para que herede una tierra”.
Aquí encontramos una lección muy importante. ¿Por qué llevarlos primero a una tierra prometida sin antes presentarles al Dios que hizo la promesa? De haber sido así, podrían haber terminado amando más las promesas que al que las hizo: a Dios mismo.
Hoy ocurre algo similar. Muchas veces nos gusta escuchar lo que Jesús puede hacer por nosotros más que conocer quién es Él realmente. Tristemente, podemos llegar a servir a Dios más por los beneficios que recibimos que por quien Él es. Con frecuencia nos acercamos a Dios con motivaciones equivocadas: buscamos recibir algo, en lugar de responder a su amor y a su persona.
El propósito principal de Dios al liberar a Israel era que pudieran conocerlo y amarlo. Él deseaba revelarse a ellos. Por eso les dijo: “Os tomé sobre alas de águilas y os he traído a mí” (Éxodo 19:4).
Si aún miras con deseo a tu pasado y a tu antigua esclavitud, es posible que todavía no hayas conocido a Dios de manera real e íntima.
El anhelo de Dios por tener intimidad con su pueblo no ha cambiado. Hoy, como entonces, Él desea que cada persona que ha nacido de nuevo lo conozca profunda y verdaderamente. Porque más importante que recibir sus promesas es conocer el corazón de Aquel que las hace.
Avancemos con fe

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
