¿Huésped o Residente?
“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.”
Colosenses 3:16
En el griego original, la palabra «morar» (ennoikeo) significa hacer su hogar, establecerse permanentemente, no solo estar de visita. A veces tratamos la Palabra de Dios como a un extraño que toca a la puerta. Vemos quién es por la ventana y, si lo que va a decir nos incomoda, guardamos silencio y no abrimos. Un verdadero hijo de Dios no solo abre la puerta, sino que prepara la casa para que el invitado se sienta cómodo. ¿Le das a la Palabra de Dios el «asiento de honor» en tu toma de decisiones o la dejas en la sala de espera?
Recibir la Palabra requiere intencionalidad. Cuando vas a la célula, a la Academia Bíblica o al culto dominical, ¿preparas tu corazón? Prestar «toda la atención» es el acto de hospitalidad más grande que podemos ofrecerle a Dios. Distraerse con el celular o dejar que la mente divague es, en esencia, cerrarle la puerta en la cara a quien desea hablarnos.
Cuando la Palabra «mora en abundancia», el ambiente de la casa cambia. Hay sabiduría para enseñar, humildad para ser exhortado y un canto constante de gratitud. Si tu vida se siente vacía o silenciosa, quizás es porque la Palabra no ha encontrado espacio suficiente para instalarse.
¿Hay algún áreas de tu vida le has puesto un letrero de «prohibido el paso» a la Palabra de Dios? (Finanzas, carácter, relaciones, etc.)
Antes de cada enseñanza (en el templo o en casa), ora: «Señor, hoy abro todas las habitaciones de mi corazón; no te quedes en la puerta, quiero que tu palabra more en mi», practica la disciplina de la escucha activa: toma notas, apaga distracciones y busca una aplicación práctica inmediata.
No permitas que la Palabra de Dios sea una extraña en tu propia casa. Como hijos de Dios, nuestro mayor privilegio es que el Creador quiera conversar con nosotros. Dale el respeto, el lugar y la atención que Su voz merece.
«Señor, perdóname por las veces que te he dejado esperando en la puerta. Hoy preparo mi corazón como Tu hogar. Que Tu Palabra no esté de visita, sino que habite en mí con toda su riqueza. Amén.»

Alex Plasencia
Pastor Asistente
