LIBRE DE LAS ADICCIONES
“No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco.” Ro. 7:15
Las palabras del apóstol Pablo describen con profunda honestidad una realidad que atraviesa a millones de personas: la lucha interna entre el deseo de hacer el bien y la repetición de conductas que dañan, esclavizan y generan culpa. Esta tensión no es solo moral o conductual; es una batalla del alma que muchas veces se vive en silencio, especialmente en el terreno de las adicciones.
La palabra “adicción” tiene una raíz significativa. Proviene del latín a (sin) y dicción (decir, hablar). En este sentido, adicción puede entenderse como “sin palabra”, “sin voz”, “sin poder decir”; en otras palabras, silencio. En la antigua Roma, el addictus era alguien sometido a otro, sin libertad para decidir o expresarse. Hoy, esta definición refleja con claridad la realidad de quien vive atrapado por una adicción: una persona silenciada, dominada por aquello que prometió alivio, pero terminó esclavizando.
Romanos 7:15 nos recuerda que la adicción no es simplemente un problema de conducta, sino una batalla del alma. Pablo no justifica el pecado, pero lo reconoce con honestidad. Esa confesión sincera rompe el silencio y se convierte en el primer paso hacia la sanidad. Mientras el dolor se esconde, se niega o se posterga, las heridas se profundizan y se extienden, afectando el cuerpo, la mente y el espíritu.
Muchas personas intentan anestesiar sus heridas mediante sustancias, actividades o relaciones, buscando un alivio momentáneo al sufrimiento interior. Sin embargo, hay heridas que ningún tratamiento humano puede alcanzar. Allí, en lo más profundo del ser, solo Dios puede obrar. David lo experimentó cuando reconoció que mientras calló, su cuerpo se consumía, pero cuando confesó su pecado al Señor, halló perdón y restauración (Salmo 32:3–5).
El evangelio nos ofrece una esperanza clara y accesible: no necesitamos ser dignos para acercarnos a Dios, sino sinceros. La Escritura afirma que, si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9). El arrepentimiento genuino abre la puerta al poder sobrenatural de Dios, un poder que no solo perdona, sino que transforma desde lo más íntimo del corazón.
Pablo concluye mostrando que la verdadera liberación no proviene del esfuerzo humano, sino de Jesucristo. Reconocer “no puedo” es, paradójicamente, el inicio de la libertad. Cuando dejamos de luchar solos y rendimos nuestras heridas al Señor, el Espíritu Santo comienza una obra profunda de restauración.
¿Vives atado a una adicción? ¿Pierdes una y otra vez la batalla contra la pornografía, las compras compulsivas, los juegos de azar o el abuso de la tecnología y las redes sociales? Hoy es tiempo de romper el silencio en la presencia de Dios. Hay un poder sobrenatural que actúa en el corazón de quien se arrepiente y se quebranta delante de Jesús, confesando sus pecados y clamando por perdón. Quienes se atreven a hacerlo experimentan la transformación profunda que produce el Espíritu Santo. Allí, en lo más íntimo del ser, comienza la verdadera libertad de toda adicción.
Avancemos con fe

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
