¿CÓMO DIOS VE LA DISCAPACIDAD?
«Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos.«
Lucas 14:13-14
La sociedad muchas veces etiqueta a las personas con discapacidad como un lastre, un peso para la familia o una carga para la comunidad. A veces, incluso sin darnos cuenta, en nuestros corazones guardamos pensamientos que reflejan ignorancia y prejuicio. Miramos con compasión superficial o con lástima, pero no con la dignidad que la Palabra de Dios nos enseña. Sin embargo, la Biblia es clara: cada persona, con o sin discapacidad, es imagen de Dios y, por lo tanto, posee un valor infinito (Génesis 1:27).
Dios no mide a las personas por sus capacidades físicas o intelectuales, sino por su corazón. El mismo Jesús mostró en su ministerio un trato directo y amoroso hacia quienes la sociedad marginaba. Él tocó al ciego (Juan 9), sanó al paralítico (Marcos 2), y se detuvo ante el que todos despreciaban. Para el Señor, las personas con discapacidad no son menos; al contrario, son un recordatorio viviente de que su poder se perfecciona en la debilidad (2 Corintios 12:9).
La iglesia de Cristo está llamada a reflejar ese mismo amor. No basta con tolerar o aceptar de manera pasiva; debemos ser una comunidad inclusiva donde las personas con discapacidad no solo se sientan bienvenidas, sino también valoradas y necesarias. En 1 Corintios 12 se nos recuerda que el cuerpo de Cristo tiene muchos miembros, y que aquellos que parecen más débiles son, en realidad, los más necesarios. Esto significa que cada creyente, sin importar sus limitaciones, aporta algo esencial para la edificación de la iglesia.
La inclusión verdadera comienza cuando dejamos de ver la discapacidad como una “deficiencia” y la vemos como una oportunidad para que la gloria de Dios se manifieste. El testimonio de las personas con discapacidad nos enseña a valorar lo realmente importante: la fe, la perseverancia y la esperanza. Muchas veces, quienes enfrentan mayores desafíos diarios son los que reflejan una fe más pura y una dependencia más sincera en Dios.
Por eso, la tarea de la iglesia no es “sentir lástima”, sino caminar junto a estas personas, aprender de ellas y abrir espacios donde puedan servir y ser ejemplo de fe. La sociedad puede desechar, pero el Reino de Dios nunca excluye. Jesús mismo dijo: “Cualquiera que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe” (Mateo 18:5). Esta enseñanza nos recuerda que el amor cristiano se manifiesta en cómo tratamos a los más vulnerables.
Mirar la discapacidad como Dios la ve transforma nuestra perspectiva. Ya no se trata de compasión pasajera, sino de reconocer la dignidad y el propósito eterno en cada vida. Para Dios no existen diferencias: todos somos valiosos, amados y necesarios en su Reino. Cuando la iglesia abraza esta verdad, se convierte en un testimonio vivo de inclusión y amor verdadero. El desafío para cada uno de nosotros es aprender a ver con los ojos de Cristo, porque solo entonces podremos reflejar su corazón en un mundo que aún margina y discrimina.
Avancemos con fe.

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente

Amén 🙏🏼
Bella y verdadera reflexión.