TUS PALABRAS: ¿FRUTO FRESCO O FRUTO PODRIDO?
«Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.»
Efesios 4:29
El apóstol Pablo está exhortando a los creyentes en Éfeso a vivir la nueva vida en Cristo. Les recuerda que ya no deben caminar como los gentiles, dominados por la ignorancia, la dureza de corazón y las pasiones desordenadas. En cambio, deben despojarse del “viejo hombre” (la antigua manera de vivir) y vestirse del “nuevo hombre”, creado según Dios en justicia y santidad (vv. 22–24).
En esta sección, Pablo da unos ejemplos concretos (vv. 25-28) entre ellos “nuestras palabras”
La palabra “corrompida” significa literalmente “podrido, corrompido, inútil”; se usa en el NT para hablar de árboles malos (Mt 7:17) o de palabras dañinas (Ef 4:29).
Es decir, lo que decimos revela la condición del corazón. Un árbol bueno no puede dar fruto podrido, y un árbol malo no puede dar fruto bueno (Mt 7:18).
- ¿Qué clase de palabras salen de tu boca cuando estás bajo presión o enojo?
- ¿Son palabras que curan o que hieren?
- ¿Construyen puentes o levantan muros?
Pablo sabía que la comunidad cristiana podía ser destruida no solo por pecados externos, sino también por la forma en que sus miembros se trataban entre sí. Una palabra amarga, dañina o destructiva tiene el mismo efecto que un fruto podrido: corrompe todo lo que toca.
La vida cristiana nos llama a revisar no solo lo que hacemos, sino también lo que hablamos. Las palabras pueden ser como medicina fresca o como fruta podrida. Por eso, el creyente lleno del Espíritu transforma conversaciones comunes en oportunidades de gracia.
- Un padre o una madre cansada puede responder con dureza o con ternura que edifica.
- Un joven en la universidad puede burlarse de un compañero o animarlo a seguir adelante.
- En la iglesia, una crítica destructiva puede desanimar, pero una exhortación con amor puede restaurar.
Por eso, el apóstol conecta las palabras con la obra del Espíritu Santo “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (v. 30) hablar mal no es un detalle menor, sino algo que entristece al Espíritu que habita en los creyentes.
En otras palabras, Pablo está enseñando que el cambio en Cristo no solo se nota en lo que dejamos de hacer, sino en cómo usamos nuestra boca para edificar. El creyente es llamado a usar su lengua como instrumento de gracia y no de corrupción.
Si el Espíritu Santo escucha cada una de mis conversaciones (y lo hace), ¿se alegra o se entristece por lo que digo?
Avancemos con fe

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
