JESUS NO ES INDIFERENTE
«Jesús lloró.»
Juan 11:35
La escena tiene lugar en Betania. Lázaro ha muerto, y sus hermanas Marta y María están sumidas en una profunda tristeza. Amigos y vecinos han venido para consolarlas. Jesús llegó cuando ya han pasado cuatro días desde el entierro. Marta sale a recibirlo, con una mezcla de fe y dolor: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.” Luego, María repite las mismas palabras, rodeada de personas que lloran. Jesús ve su llanto, y también el de los judíos que las acompañan.
«Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió.»
Juan 11:33
Aquí se nos revela el corazón de nuestro Señor Jesucristo. No fue indiferente al dolor humano, no permaneció pasivo ante la tristeza de sus amigos. Él se estremeció y se conmovió profundamente. Estas palabras griegas expresan una intensidad emocional muy fuerte.
Se “estremeció” denota una indignación profunda, como un suspiro de enojo o frustración. ¿Contra qué? Tal vez contra la muerte misma, el sufrimiento, la incredulidad, o el dolor que el pecado ha traído al mundo.
Se “conmovió” significa «agitar», «perturbar», «sacudir». Jesús se estremeció por dentro, fue profundamente conmovido.
En medio de nuestras aflicciones y momentos de dolor, encontramos consuelo y esperanza en el versículo más breve pero profundamente revelador: «Jesús lloró«. Estas lágrimas no fueron simples lágrimas; fueron lágrimas reales, cargadas de compasión y amor genuino. Jesús no derramó lágrimas por desesperación, sino por identificarse con nuestro sufrimiento, por compartir nuestro dolor.
Este pasaje nos muestra que Jesús no es un Dios distante e indiferente ante nuestro sufrimiento. Él está presente en nuestras penas, las siente con nosotros, y las lleva en lo más íntimo de su ser. Jesús es el Dios que llora con los que lloran, que se indigna ante la injusticia y el dolor, y que camina a nuestro lado, incluso en medio de nuestras confusiones y preguntas sin respuesta.
Cuando nuestras lágrimas caen, Jesús no permanece ajeno. Él entiende nuestras pérdidas, conoce nuestros vacíos y luchas internas. Aunque posee el poder de transformar nuestras circunstancias, como lo demostró al devolver la vida a Lázaro, primero elige acompañarnos con Su presencia, Su compasión y Sus propias lágrimas.
Recuerda, no estás solo. Jesús está contigo en cada lágrima, conmovido por tu dolor, cerca de tu corazón y amándote incondicionalmente.

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente

Muy preciso, amen, por más devocionales asi