EL DOLOR EMOCIONAL
«Me he consumido a fuerza de gemir; todas las noches inundo de llanto mi lecho, riego mi cama con mis lágrimas. Mis ojos están gastados de sufrir; se han envejecido a causa de todos mis angustiadores.»
Salmos 6:6-7
La semana pasada hicimos una referencia al dolor emocional, el cual aparece como consecuencia de haber violado la propia conciencia y también de haber violado la ley moral de Dios. Este tipo de dolor, sumerge al hombre en medio de la inseguridad, la angustia, el temor; que van minando al hombre desde adentro. Van apagando su vida, su paz, su tranquilidad.
Físicamente, el hombre no tendría nada, pero siente el dolor como algo que no halla explicación. Algunos especialistas, generalmente psicólogos y psiquiatras, llegan a la conclusión de que el enfermo tiene el alma enferma y se halla somatizando (del griego soma, que significa cuerpo), esto significa que la enfermedad está en el alma, pero que se expresa en el cuerpo; sintiéndose mal la persona.
Al parecer, el rey David estaba padeciendo de dolor emocional a causa de pecados escondidos, no confesados, que lo han vuelto muy vulnerable al dolor emocional y a agentes externos que estaban haciendo mella en el alma de David. Y lo llevan a suplicar a Dios. Veamos la experiencia de David, que podría ser la de cualquiera.
1. EL ACUCIANTE DOLOR
David se sentía morir, pues le era muy difícil soportar ese apremiante dolor del alma que lo lleva a exclamar: «Mi alma está muy turbada…» (Salmos 6:3a). Esto, muestra que David se sentía muy dolido por el resultado de su pecado, más que, por el pecado mismo. Esto es muy frecuente hallar gente que sufre, se desvanece, gime y llora por lo que está pasando como consecuencia de su pecado; pero, no lo reconoce.
El arrepentimiento no aparece por ningún lado. Y así puede vivir el pecador, malgastando años de su vida sin tocar el origen del mal.
2. LA SÚPLICA DESESPERANTE
Para el hombre que no conoce a Dios, es muy difícil salir de ese dolor que lo lleva a la desesperación. Este tipo de experiencia lo perturba al punto de generar conductas irracionales; ya que Dios lo deja a su suerte, como consecuencia de que Dios, no aparece en el radar de su existencia.
En David es distinto, al ser creyente, clama desesperadamente a Dios con estas palabras: «Vuélvete, oh Jehová, libra mi alma; sálvame por tu misericordia.» (Salmos 6:4), en medio de su agonizante experiencia, David clama a Dios y le ruega que se vuelva a él para librar su alma. Pero lo hace sin exhibir justicia propia, sino, sobre la base de la misericordia de Dios. David se daba cuenta de que Dios le estaba apretando de manera justa y que se había alejado de él. Pero también se daba cuenta de que Dios era rico en misericordia y apela a ella. Aunque la confesión de pecado no es explícita; sin embargo, esta, no está ausente. El hecho mismo de apelar a la misericordia de Dios, para que lo libre de ese estado de aflicción, muestra que él era consciente de que no lo merecía.
3. LA CONCIENCIA DE QUE DIOS ESTÁ PRESENTE
No hay una realidad más impactante de que a penas un pecador clama a Dios; este Dios de misericordia se hace presente en la vida de aquel que lo busca. Tal es el caso de David, que sentía primero que Dios estaba enojado con él, que no sentía la presencia de Dios en su vida. Ahora va a terminar el salmo con una nota de confianza y separándose de los impíos. Y lo hace con estas palabras: «Apartaos de mí, hacedores de iniquidad; porque Jehová ha oído la voz de mi lloro. Jehová ha oído mi ruego; ha recibido Jehová mi oración.» (Salmos 6:8-9).
A Dios no le impresionan las lágrimas, pero sí un corazón quebrantado. A veces un corazón llorando es más elocuente que las palabras expresadas.
¡Con la expectativa de verte!

Vicente Alcántara Ulloa
Pastor Supervisor
