¿HACIENDO DEL MUNDO TU HOGAR?
«No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.»
1 Juan 2:15
Uno de los más grandes peligros espirituales que enfrenta el creyente no es una persecución abierta ni una tentación escandalosa, sino algo más sutil y letal: aceptar este mundo como si fuera nuestro hogar definitivo.
La Escritura nos recuerda que el mundo y sus deseos pasan, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:17). Sin embargo, vivimos rodeados de voces, imágenes y ofertas que nos empujan a vivir como si lo eterno fuera lejano e incierto, y lo terrenal, lo más importante.
Satanás sabe que si logra que nuestros afectos se enraícen aquí, perderemos la perspectiva del cielo. Así como un águila salvaje, creada para volar alto sobre las montañas, podría resignarse a picotear granos en un corral de gallinas, así el hijo de Dios corre el riesgo de olvidar que fue creado para las alturas.
Fuimos hechos a imagen de Dios, para comunión con Él y para vivir en su gloria. Pero el pecado nos alejó de Dios y nos hizo olvidar nuestra verdadera patria. El hombre caído, absorbido por las prisas, el trabajo, los placeres y las preocupaciones de esta vida, rara vez se detiene a pensar en el mundo venidero. Satanás procura mantenernos ocupados, distraídos, conectados a todo… menos a Dios y su eternidad.
La Biblia nos advierte que somos extranjeros y peregrinos en esta tierra (1 Pedro 2:11). Sin embargo, muchos creyentes han invertido tanto en el confort, en los logros y en la aceptación social, que cuando Dios les llama a soltar, sienten que pierden todo.
El cristiano verdadero no solo cree en el cielo como un destino, sino que vive hoy como un ciudadano de allí. Esto implica decisiones diarias: qué amamos, qué valoramos, qué buscamos. Significa que nuestras prioridades, nuestros afectos y nuestras esperanzas están alineados con Cristo y su Reino.
Pablo lo expresó así: «Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo» (Filipenses 3:20). Vivir con esta perspectiva nos libra de caer en el engaño de que este mundo lo es todo. Nos recuerda que la verdadera plenitud no está en las cosas que poseemos, sino en la Persona que nos posee: Cristo.
Si hoy sientes que tu corazón se ha apegado demasiado a lo terrenal, pide al Señor que lo afirme en lo eterno. No se trata de abandonar nuestras responsabilidades, sino de poner cada área de nuestra vida bajo la luz de la eternidad. Recuerda que lo que hoy amas, mañana determinará dónde tu corazón desea estar.
No fuimos creados para conformarnos con este mundo pasajero. Fuimos llamados a esperar, desear y prepararnos para «…cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales more la justicia.» (2 Pedro 3:13).
Oración:
Señor, no permitas que me acomode a este mundo pasajero. Recuérdame que soy extranjero aquí, y que mi hogar verdadero está contigo. Afirma mis afectos en lo eterno y líbrame de amar lo que se desvanece. Que cada día viva preparándome para verte cara a cara. Amén.

Alex Plasencia
Pastor Asistente
