¡UN BUEN PA!
“He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre.”
Salmo 127:3
Mi ‘¡Pá!’, es mi papá. Hoy le digo ‘papito’, con cariño y cercanía, pero hubo una etapa de mi vida en la que simplemente le decía ‘Pá’. Muchos de nosotros, en distintas etapas o por costumbre, hemos usado esa palabra para referirnos a nuestro padre. No importa cómo lo llamemos, lo cierto es que la figura del padre deja una huella profunda en nuestras vidas.
La paternidad es uno de los llamados más sagrados y transformadores que un hombre puede recibir. Pero no se trata solo de tener hijos; sino de formar, guiar, amar y dejar una huella eterna en sus corazones. Hoy reflexionaremos sobre lo que no es ser un buen padre, para poder abrazar con mayor claridad lo que sí significa serlo.
1. Un buen padre no abandona
La paternidad no termina cuando llegan los problemas. Ser padre es criar, acompañar, permanecer. Aun cuando las circunstancias son difíciles, un buen padre elige quedarse. Abandonar no es solo irse físicamente, también es estar ausente emocional o espiritualmente. Dios, nuestro Padre celestial, nunca nos abandona, y Él nos invita a reflejar ese amor firme a nuestros hijos.
2. Un buen padre no agrede
Herimos a nuestros hijos cuando dejamos que la ira o las heridas no sanadas del pasado gobiernen nuestras acciones. La violencia —física o emocional— destruye lo que el amor construye. Efesios 6:4 nos exhorta: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos…” Ser padre también significa aprender a sanar para no transmitir el dolor.
3. Un buen padre no rechaza
Los hijos no siempre llegan en el “mejor momento”, pero siempre son una bendición. El rechazo marca profundamente el alma de un niño. Un buen padre no dice “no te esperaba”, sino “ahora que estás aquí, te amaré con todo mi ser”. Cada hijo es una oportunidad divina para amar incondicionalmente.
4. Un buen padre no compara
Comparar a los hijos hiere su identidad. Cada niño es único, irrepetible, un sueño distinto de Dios hecho realidad. Nuestra labor no es ponerlos en competencia, sino acompañarlos a descubrir quiénes son en Cristo. Como dijo un hijo: “No me comparen, yo no soy mi hermano.” Un buen padre celebra las diferencias y nutre los dones individuales.
El Legado Verdadero
Nuestros hijos son el legado que dejamos al mundo. Al invertir en ellos, estamos impactando generaciones. El mayor privilegio de un padre es que, con el tiempo, sus hijos lo honren no por obligación, sino por gratitud.
¿Y si tu papá no fue un buen padre?
No naciste para repetir la historia. Naciste para escribir una nueva. No estás condenado a heredar dolor; estás llamado a cortar esas cadenas y levantar una generación sana y con esperanza. Dios te llama a perdonar, no porque tu padre lo merezca, sino porque tú necesitas libertad para construir un futuro diferente.
Perdonar es soltar las amarras del pasado. Es declarar: “Papá y mamá no me deben nada.” Es estar dispuesto, si Dios lo permite, a abrazar incluso a quien no supo abrazarte.
Como hijos, no estamos llamados a juzgar a nuestro padre, sino a honrarlo. Ese es el mandato que Dios nos dio. Honrar no significa aprobar todo lo que hizo o ignorar el dolor que quizás causó, sino amarlo auténticamente desde un corazón libre. Y eso solo es posible cuando hemos perdonado. El perdón no es un premio que se otorga al que lo merece, sino una decisión que sana a quien lo da. Solo al soltar el peso del pasado, podemos honrar con sinceridad y caminar hacia una nueva historia de restauración y esperanza.
Avancemos con fe

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
