LA ÚLTIMA CENA
“20Cuando llegó la noche, se sentó a la mesa con los doce. 21 Y mientras comían, dijo: De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar. 22 Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor? 23 Entonces él respondiendo, dijo: El que mete la mano conmigo en el plato, ese me va a entregar. 24 A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido. 25 Entonces respondiendo Judas, el que le entregaba, dijo: ¿Soy yo, Maestro? Le dijo: Tú lo has dicho.”
Mateo 26:20-25
Este pasaje de Mateo 26:17-30, nos lleva a uno de los momentos más sagrados del Evangelio: la institución de la Santa Cena. Jesús, sabiendo que se acercaba su hora, no se enfoca en su sufrimiento, sino en dejar a sus discípulos y a nosotros una señal clara de su amor, de su sacrificio, y de la nueva alianza entre Dios y la humanidad.
- Preparando el corazón para la Pascua (vv. 17-19)
“¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer la Pascua?” (v.17)
Jesús no improvisa, todo en el plan de Dios tiene un tiempo y un lugar. Aunque está a punto de enfrentar su pasión, no hay confusión ni caos en sus pasos. Él tiene claro “Mi tiempo está cerca”, lo cual nos recuerda que todo sucede según el plan soberano de Dios, nada ocurre fuera de Su control. En este momento, la Pascua representa más que un recuerdo de la liberación de Egipto, Jesús está por darle un nuevo significado.
Aun cuando las circunstancias se ven oscuras o inciertas, podemos confiar en que Dios tiene un propósito, un «tiempo» para todo (Eclesiastés 3:1), y que Su voluntad se cumple.
- La traición en la mesa (vv. 20-25)
“De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar.” (v.21)
Jesús no solo sabía que sería traicionado, sino exactamente quién lo haría, esto no fue una sorpresa para Él. Su conocimiento del corazón humano es perfecto, aun cuando nosotros podemos ocultar nuestras intenciones a los demás, incluso a nosotros mismos, Dios ve todo con claridad.
Jesús no fue entregado por un fariseo o un romano, sino por uno de los doce. Alguien con quien compartió el pan, la misión y los milagros.
Esto nos recuerda que las heridas más profundas no siempre vienen del “mundo exterior”, sino de aquellos que un día caminaron a nuestro lado.
- La institución del Nuevo Pacto (vv. 26-28)
“Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre del nuevo pacto…”
Este momento marca un antes y un después. Jesús no solo está compartiendo una cena, está revelando el significado profundo de lo que está por suceder en la cruz. Él no da una lección teórica; se entrega a sí mismo.
El pan representa el cuerpo de Cristo quebrantado por nosotros. El vino representa su sangre derramada para el perdón de los pecados. Nadie quedó excluido, Jesús invita a todos sus discípulos, incluso sabiendo que lo negarían, dudarían o abandonarían. Esto habla de su gracia, no nos invita por merecimiento, sino por amor.
Este no es un rito vacío. Cada vez que participamos de la Cena del Señor, recordamos que fuimos perdonados. Que no somos salvos por obras, sino por la sangre del Cordero.
- Una promesa futura (v. 29)
“No beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.”
Esta es una promesa de esperanza, de un futuro banquete en el Reino de Dios. La Cena del Señor no sólo nos lleva al pasado (la cruz), sino al futuro (la gloria).
Cada vez que participamos de la Cena del Señor, lo hacemos con la esperanza de que un día estaremos con Él en gloria, en una mesa eterna. ¡Qué hermoso saber que el mismo Jesús está esperando ese reencuentro!
- Cierre con alabanza (v. 30)
“Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos.”
Aun sabiendo que iba a la cruz, Jesús cantó. Eso nos enseña a alabar incluso en medio del dolor, porque la victoria de Dios está en marcha. Jesús no cantó solo, cantó con sus discípulos. En momentos difíciles, el pueblo de Dios encuentra fuerza cuando adora juntos.
El versículo termina diciendo: “salieron al monte de los Olivos.” Jesús no se quedó en la comodidad de la mesa ni en la calidez del canto. Él se levantó para cumplir la voluntad del Padre, decidido, fortalecido, adorador y obediente.
Jesús no solo compartió pan y vino, compartió Su vida entera. En cada fragmento del pan y en cada gota de la copa, vemos reflejado el amor más puro, un Dios que se parte y se derrama por nosotros. Que nunca se nos vuelva rutina. Que cada vez que recordemos este momento, nuestros corazones ardan con amor y asombro por tan grande sacrificio.
¡Creciendo en la Palabra y viviendo juntos en santidad!

Luiggi Naveda
Pastor Asistente
