LA INEVITABLE ACTITUD DE QUEJARSE SIEMPRE
“Haced todo sin murmuraciones y contiendas,”
Filipenses 2:14
La experiencia que trae la vida nos enseña que no hay un creyente que no se queje de la vida, de los años, de la situación económica. Es decir, nos quejamos en todo y por todo; muchas veces sin justificación alguna.
Claro que cuando vivimos momentos de dolor, de situaciones angustiantes, de realidades que estremecen, la queja aparece de manera natural. Aunque la palabra de Dios nos insta a no quejarnos, de esta manera: “Todas las cosas hagan sin murmuraciones y discusiones,” que es la traducción literal de (Filipenses 2:14). Sin embargo, para muchos es un hábito constante, un estilo de vida contagioso e injusto.
La queja resume una serie de actitudes, como: discusiones en voz baja, disputas, razonamientos negativos, cuestionamientos internos, actitudes críticas, que permean los ámbitos de la vida del que se queja, de la familia, la iglesia, el ministerio, el trabajo, el servicio cristiano y las relaciones interpersonales.
Dios ha dicho que la queja es un pecado, que acompañó constantemente al pueblo de Dios en el desierto. Y que, lejos de llevarlo a la confianza en Dios, más bien mostraron lo que guardaban sus corazones. Esto produjo tristeza en el corazón de Dios, ya que él nos ha dicho: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desamparé, ni te dejaré;” (Hebreos 13:5)
1. LA QUEJA ES INGRATITUD A DIOS. Nos hemos olvidado de que somos objeto de las bendiciones de Dios cada día, de milagros de vida que hemos experimentado en el Señor. De allí la recomendación del apóstol Pablo: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” (1 Tesalonicenses 5:18). Y la queja es todo lo opuesto a este mandato. La queja es un olvido constante de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.
2. LA QUEJA CONTAMINA A LOS DEMÁS. Es increíble el poder destructor que tiene la queja y la capacidad de contaminación a las demás personas. Uno de los ejemplos más palpables es el del pueblo de Dios en el desierto. De allí que Pablo escribiera: “Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor.” (1 Corintios 10:10). En otra versión dice: “Ni murmuren contra Dios, como algunos de ellos murmuraron, por lo que el ángel de la muerte los mató.”. Esto nos debe enseñar que se castiga duramente la queja o murmuración, debido a que, divide iglesias, desanima y desalienta a familias enteras.
Seamos agradecidos con Dios y vivamos con un corazón agradecido, ya que el Señor es el dador de toda buena dádiva y de todo don perfecto. (Santiago 1:17)
¡Con la expectativa de verte!

Vicente Alcántara Ulloa
Pastor Supervisor
