UN NUEVO AMANECER
“Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan.”
Juan 21:9
La escena junto al mar de Tiberias ocurre en uno de los momentos más sensibles en la vida de los discípulos. Habían caminado con Jesús, visto milagros extraordinarios y escuchado palabras de vida eterna; sin embargo, la cruz había estremecido todo aquello en lo que habían puesto su esperanza. Aunque ya existían noticias de la resurrección, todavía luchaban con el temor, la incertidumbre y el desánimo. Todo parecía distinto. El Maestro al que habían seguido por tres años había sido crucificado, y ahora ellos no sabían con claridad qué hacer. En medio de esa confusión, Simón Pedro dijo: “Voy a pescar”. Los demás lo siguieron. No era solo una decisión práctica; era el reflejo de hombres intentando volver a la seguridad de su antigua vida.
Aquella noche trabajaron intensamente, pero no pescaron nada. Las redes vacías representaban también el estado de sus corazones. Muchas veces el desánimo nos hace regresar a viejas prácticas, hábitos y pensamientos, tratando de encontrar estabilidad lejos del propósito que Dios nos había dado. Sin embargo, precisamente en esas noches estériles es donde Cristo suele acercarse con mayor claridad. Al amanecer, Jesús apareció en la orilla. Los discípulos no lo reconocieron de inmediato, pero Él ya los estaba esperando. Había preparado brasas, pan y pescado. Mientras ellos luchaban en el mar, el Salvador ya tenía provisión en tierra firme.
Esta escena revela el corazón pastoral de Cristo. Jesús no llegó con palabras de condenación por haber regresado a pescar. Tampoco les recordó sus fracasos o su cobardía durante la crucifixión. Los recibió con gracia. Aun después de la caída emocional de los discípulos, Jesús seguía acercándose a ellos con amor restaurador.
Entonces vino la orden inesperada: “Echad la red a la derecha de la barca”. Aunque eran pescadores experimentados, obedecieron. Y la red se llenó de grandes peces. Lo que no lograron con esfuerzo humano durante toda la noche ocurrió cuando escucharon la voz de Cristo. Esto recuerda las palabras de R. C. Sproul: “No hay molécula en el universo fuera del gobierno de Dios”. Incluso una noche vacía estaba bajo el control soberano del Señor y formaba parte de Su propósito para restaurar a Sus discípulos.
El relato destaca que eran ciento cincuenta y tres peces y, aun siendo tantos, la red no se rompió. La abundancia venía de Cristo, pero también la capacidad de sostenerla. Jesús estaba enseñándoles que la obra futura no dependería de sus fuerzas, sino de Su dirección. Aquel amanecer marcaba un nuevo comienzo. El fracaso no era el final de la historia.
El profeta Libro de las Lamentaciones declara: “Nuevas son cada mañana sus misericordias” (Lamentaciones 3:23). Ese fue precisamente el mensaje para los discípulos: después de la noche más oscura, la gracia de Dios seguía presente.
Quizá hoy tus redes también parecen vacías. Tal vez las dificultades, la frustración o la incertidumbre te han hecho pensar en retroceder. Pero Jesús todavía espera en la orilla. Él sigue acercándose con gracia, dirección y provisión. Las noches difíciles no duran para siempre. Cuando Cristo habla, un nuevo amanecer comienza.
Hoy es tiempo de volver a Jesús. Él no está en la orilla para condenarte por tus errores y fracasos, sino para restaurarte con amor, renovar tus fuerzas y guiarte otra vez hacia el propósito que tiene para tu vida.
Avancemos con fe

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
