DEJA HUELLAS CON EL EJEMPLO
«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.»
Deuteronomio 6:6-7
Cuando hablamos de instruir a nuestros hijos o cuando desarrollamos una labor de discipulado, la expresión “hablar con el ejemplo” cobra un peso especial. No se trata solo de comunicar ideas correctas, sino de encarnar una vida coherente. En Deuteronomio 6:6–7 encontramos una secuencia clara:
“Primero, las palabras deben estar en el corazón; luego, deben ser enseñadas.”
Este orden no es casual. Nos recuerda que no podemos enseñar correctamente lo que no hemos interiorizado.
El corazón, en la perspectiva bíblica, no es solo el centro de las emociones, sino también de los pensamientos, decisiones y convicciones. Por eso, antes de pretender formar a otros, necesitamos permitir que la Palabra forme nuestra propia vida. Lo que no ha descendido al corazón difícilmente se sostendrá en la práctica diaria. Y lo que no se vive, tarde o temprano pierde credibilidad.
Aquí surge una verdad tan sencilla como desafiante: nuestra vida enseña constantemente, aun cuando no estamos hablando. Nuestros hábitos, reacciones, prioridades y actitudes dejan huellas profundas en quienes nos observan. En especial los hijos —y aquellos a quienes discipulamos— aprenden más de lo que ven que de lo que oyen.
Esto conecta con el principio expresado en el Evangelio de Mateo 12:34: “de la abundancia del corazón habla la boca”. Lo que llena nuestro interior inevitablemente se manifiesta hacia afuera. Si la Palabra habita en nosotros, no solo la enseñaremos, sino que la reflejaremos. Si no, nuestras palabras pueden sonar correctas, pero carecerán de profundidad y autoridad espiritual.
Entonces, ¿cómo dejamos huellas con el ejemplo?
1º. Cultivando un encuentro diario y sincero con Dios. No como una rutina vacía, sino como un espacio donde la Palabra confronte, consuele y transforme. Antes de ser maestros, somos aprendices.
2º. Viviendo con intención en lo cotidiano. Haciendo de lo diario una oportunidad para enseñar. Deuteronomio 6:7 describe una enseñanza que ocurre “en casa, en el camino, al acostarse y al levantarse”. Es en lo simple donde se forjan las huellas más duraderas. Una conversación, una reacción en un momento de presión, una decisión ética: todo comunica.
3º. Siendo congruentes, no perfectos. El ejemplo no exige perfección, pero sí autenticidad. Dios no pide perfección, sino una vida que refleje lo que crees. Reconocer errores, pedir perdón y corregir el rumbo también enseña. De hecho, muchas veces esas acciones dejan marcas más profundas que un discurso impecable.
Finalmente, recordemos que discipular no es transferir información, sino formar vidas. Y eso solo es posible cuando nuestra propia vida está siendo moldeada. Las palabras instruyen, pero el ejemplo imprime.
Hoy es una buena oportunidad para preguntarnos: ¿Qué huellas estoy dejando? Porque, queramos o no, siempre estamos enseñando. La invitación es a hacerlo de manera consciente, permitiendo que lo que Dios escribe en nuestro corazón se refleje fielmente en nuestra vida.
Avancemos con fe

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
