UNA BIENAVENTURADA ESPERANZA
Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Mateo 5:1-6
Al leer las palabras de Jesús, debemos comprender que la verdadera felicidad no se encuentra necesariamente en tener una vida sin dificultades, sino en vivir bajo el gobierno de Dios.
El mundo nos enseña a buscar aquello que satisface nuestros deseos, pero Jesús nos invita a cultivar aquello que transforma nuestro corazón. El mundo nos impulsa a ser autosuficientes, pero Cristo nos llama a reconocer nuestra necesidad de Dios. El mundo nos enseña a evitar el sufrimiento a cualquier precio, pero Jesús nos recuerda que aun en medio del dolor podemos experimentar su consuelo.
Por eso, vale la pena detenernos y preguntarnos: ¿Qué está ocupando el primer lugar en mi corazón? ¿Qué deseos están gobernando mis decisiones?
Quizás hemos invertido demasiado tiempo persiguiendo cosas que no pueden satisfacer nuestra alma, mientras descuidamos aquello que verdaderamente tiene valor.
Las bienaventuranzas nos recuerdan que somos dichosos no porque tengamos todo lo que deseamos, sino porque pertenecemos a Cristo y tenemos las promesas de Dios para nosotros.
La verdadera felicidad no consiste en conseguir todo lo que queremos, sino en aprender a desear aquello que Dios quiere para nosotros.
Mis hermanos, al leer este devocional debemos hacernos las siguientes preguntas:
¿Estoy buscando mi felicidad en las circunstancias, los logros y el reconocimiento, o estoy aprendiendo a encontrar mi satisfacción en Cristo?
¿Tengo un corazón que reconoce la necesidad de Dios, que depende de su consuelo, que camina en humildad y que tiene hambre y sed de justicia?
No olvidemos que Jesús no nos llamó a perseguir una felicidad superficial y pasajera, sino a vivir una vida transformada por su Gracia.
La verdadera felicidad no consiste en tener una vida perfecta, sino en tener a Cristo como el centro de nuestra vida. Porque cuando Él es nuestro mayor tesoro, aprendemos a encontrar satisfacción en su presencia, aun cuando nuestras circunstancias no sean las que esperamos.

José Miguel Olave
Pastor de Adoración y Artes
