¿VIVIENDO EN SANTIDAD?
“según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,” – Efesios 1:4
“porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.” – 1 Pedro 1:16
Para muchos cristianos, la santidad se siente como una lista interminable de “no hagas esto”, “no toques aquello”, “no mires allá”. Nos imaginamos que ser santos es vivir una vida gris, sin alegría y llena de restricciones.
Pero, ¿qué pasaría si te dijera que la santidad no nace de apretar los dientes y cumplir reglas, sino de estar deslumbrados por algo hermoso? El apóstol Pablo nos dice que fuimos escogidos “para ser santos” (Efesios 1:4), pero para entender nuestra santidad, primero debemos entender la de Dios.
La Biblia nos manda: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16). Pero, ¿qué hace que Dios sea santo?
Aquí hay una verdad profunda que cambia todo: Dios no tiene un reglamento externo al cual obedecer. No hay un libro de reglas por encima de Dios que le diga qué es bueno o malo. Dios es su propio estándar. Su santidad es su “divinidad” única, su pureza, el estar apartado del pecado, el mismo hecho de que Él está infinitamente separado de todo.
Si Dios es santo porque se valora y se deleita en Su propia perfección infinita, entonces, ¿qué significa que nosotros seamos santos?
La santidad humana es un espejo; imagina la luna, la luna no tiene luz propia; solo brilla cuando refleja el sol. De la misma manera, nosotros “compartimos la santidad de Dios” cuando nuestros corazones funcionan como un espejo. Nuestra santidad ocurre cuando atesoramos a Dios por encima de todo.
- No eres santo solo porque dejaste de hacer cosas malas.
- Eres santo cuando Dios se vuelve tan valioso para ti que el pecado te parece basura en comparación.
- La santidad es cuando tus pensamientos, emociones y acciones fluyen de valorar a Cristo como tu tesoro supremo.
Muchos luchan contra sus pecados recurrentes usando solo fuerza de voluntad; dicen: “No debo hacer esto, no debo hacer esto”, y terminan fallando. ¿Por qué? Porque, como decía el teólogo Thomas Chalmers, necesitamos “el poder expulsivo de un nuevo afecto”. El secreto para vencer el pecado no es enfocarse en el pecado, sino enfocarse en la belleza de Dios.
1. Cambia tu enfoque: En lugar de solo luchar contra la oscuridad, enciende la luz. Dedica tiempo a contemplar la gloria de Dios en la Palabra. Nadie peca cuando está plenamente satisfecho en Jesús.
2. Recuerda el propósito: Cristo murió para presentarnos “sin mancha”. Él no solo nos salvó del infierno, nos salvó para hacernos brillar con Su carácter.
3. Vive esta verdad: Recuerda que en Cristo ya has sido “perfeccionado para siempre” (tu posición – santidad posicional), aunque todavía estás “siendo santificado” (tu proceso – santidad progresiva). No te rindas en el proceso porque tu posición está segura.
«Señor Jesús, perdóname por ver a veces la santidad solo como una lista de reglas. Hoy entiendo que ser santo es amarte por encima de todo. Abre mis ojos a Tu belleza para que, al ver Tu valor infinito, el pecado pierda su atractivo en mí. Que mis pensamientos y acciones fluyan simplemente de atesorarte como lo más valioso de mi vida. Amén.«

Alex Plasencia
Pastor Asistente
