¿DÓNDE ESTÁN LOS HOMBRES?
«Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.»
1 Corintios 13:11
La familia fue la primera institución creada por Dios, y dentro de ese diseño, el hombre recibió una responsabilidad sagrada. Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza y le confió el mandato de fructificar, llenar la tierra y ejercer dominio. Este dominio no hablaba de control, sino de liderazgo responsable, obediente y espiritual.
Sin embargo, la pregunta sigue resonando hoy con fuerza: ¿Dónde están los hombres? No es una pregunta de ubicación, sino de responsabilidad. En el huerto del Edén, Adán estaba allí. No huyó, no desapareció, pero guardó silencio. Observó cómo el engaño entraba, vio a su esposa tomar la decisión y no intervino. Ese silencio, como enseña el libro El silencio de Adán, fue un pecado de omisión que trajo consecuencias para toda la humanidad.
Hoy vemos el mismo patrón repetirse. Hombres presentes físicamente, pero ausentes espiritualmente. La cultura ha redefinido la hombría con conceptos pasajeros: éxito económico, dureza emocional, autosuficiencia. Pero Dios nunca delegó a la cultura la definición del hombre; Él la estableció desde la creación. Cuando aceptamos una definición cultural de hombría, distorsionamos el diseño divino y provocamos heridas profundas en las mujeres, los hijos y la familia entera.
Cuando el hombre abandona su rol, la familia se sale de su propósito. En el huerto, la mujer tomó la decisión porque el hombre dejó su responsabilidad. No fue falta de capacidad de ella, fue ausencia de liderazgo de él. Por eso, cuando Dios pidió cuentas, llamó primero a Adán. La autoridad siempre va acompañada de responsabilidad. David entendió esto cuando habló a Salomón: “Esfuérzate y sé hombre” (1 Reyes 2:2). Luego definió la hombría como obedecer a Dios y guardar Sus mandamientos. La hombría bíblica no es dominio, es carácter, obediencia y compromiso con Dios.
El apóstol Pablo también nos recuerda que la madurez exige cambio. No podemos seguir actuando como niños cuando Dios nos llama a crecer: “mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño». Si queremos dirigir bien a la familia, debemos aprender a agradar a Dios. Una visión distorsionada de la hombría afecta todo lo que tocamos.
El verdadero cambio no se logra con esfuerzo humano. No basta con cambiar comportamientos si el corazón sigue igual. Solo Cristo puede sanar heridas, romper vicios y transformar la vida. El arrepentimiento es el comienzo.
LAS FAMILIAS NO NECESITAN HOMBRES PERFECTOS, SINO HOMBRES ARREPENTIDOS, RESTAURADOS Y COMPROMETIDOS CON CRISTO.
Hoy Dios sigue preguntando: “¿Dónde estás?”. Tu historia no ha terminado. Tú decides cómo termina. Cuando el hombre sana, su entorno sana. Si el hombre no cambia, nada a su alrededor cambia. Asumir tu responsabilidad hoy puede ser el inicio de la restauración de tu familia.

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
