Experimentando el poder de Su resurrección
“A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte”
Filipenses 3:10
La frase «a fin de conocerle» en el idioma griego implica un conocimiento más allá del intelecto, sugiriendo una relación personal y experiencial con Jesús.
Dios desea que le conozcamos profundamente quién es Él. Quiere que captemos verdaderamente Su majestad, santidad, poder, amor, gracia y gozo. Porque cuando conocemos Su carácter, seremos enriquecidos, capacitados y fortalecidos:
“Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman.
Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios”
(1 Corintios 2:9-10)
Pablo, a pesar de haber sido apedreado, azotado, víctima de naufragios, difamado, rechazado y encarcelado, escribió que su objetivo máximo en la vida era “conocer a Cristo” (Fil. 3.10). Y con certeza lo conoció.
Este conocimiento lo condujo, animó y fortaleció hasta el último momento y pudo proclamar: “Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, librándome de toda obra mala, y me preservará para su Reino Celestial.”
Cuando conocemos a Cristo como Salvador, Consolador, Perdonador, Sanador y Príncipe de paz, también podemos resistir toda tribulación, porque conocemos Su carácter y la certeza de sus promesas. Así que debemos conocerle a toda costa.
¡Hermano!
Obedecer el evangelio “es estar en Cristo”, y tener comunión con Dios:
“Lo que habéis oído desde el principio, permanezca en vosotros. Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre”
(1 Juan 2:24)
El Espíritu Santo mora en nosotros porque somos guiados por Su palabra. El pecado controlaba nuestra vida, pero ahora el Espíritu Santo bendice nuestra vida, llevando el “fruto del Espíritu” (Gálatas 5:22-23).
“Para tener conocimiento o experiencia personal del poder de la resurrección”, debemos ser crucificados, sepultados y resucitados con Cristo. La fe que viene por medio del “oír el poderoso mensaje del evangelio” nos mueve a crucificarnos en el arrepentimiento, y luego en el bautismo ser sepultados y resucitados:
“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.”
(Romanos 6:3-6)
Entonces debemos demostrar el poder de la resurrección todos los días de nuestra vida nueva. La lucha diaria contra el diablo era severa para Pablo:
“Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”
(1 Corintios 9:27)
El poder que resucitó a Cristo de entre los muertos nos ayuda a vencer al diablo y está disponible para ayudarnos a la victoria final.
“La participación de sus padecimientos”. Cuando el Señor explicó a Ananías la obra que Pablo llevaría a cabo, le dijo: “le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hechos 9:16). Los últimos ocho capítulos del libro de Hechos describen cómo Pablo participó de los padecimientos de Cristo. El sufrimiento era el compañero constante de Pablo y decía:
“Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones…”
(Romanos 5:3a)
“Llegando a ser semejante a él en su muerte”, Pablo fue crucificado con Cristo, es decir, hizo morir lo carnal en su vida (Gá. 2:20). Pero él quería asemejarse a Cristo en todo, aun en su muerte física. Quería caminar con Cristo, sufrir con Cristo y, si fuera la voluntad de Dios, morir con Cristo, llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De manera que la muerte actúe en nosotros, y en nosotros la vida. Pablo duró mucho tiempo en Roma bajo la sombra de muerte.
¡Hermanos!
El proceso que hemos descrito en los párrafos anteriores nos llevará a ser «semejante a Él en su muerte», lo que sugiere que, al identificarnos con su sufrimiento, también nos identificamos con su muerte y, en consecuencia, con su resurrección.
¿Estamos dispuestos a experimentar tanto el poder de su resurrección como la participación en sus padecimientos?
Destruyendo barreras

José Cabanillas
Pastor Asistente
