UNA ORACIÓN PERSEVERANTE
“esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oir la oración de tu siervo, que ahora hago delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado.”
Nehemías 1:6
Una de las debilidades de un creyente es su tiempo con Dios. Es decir, el tiempo que pasa en la presencia del Señor a través de la oración. Por lo general, vamos y pedimos, esperando recibir lo solicitado, como si algún derecho nos asistiera para hacerlo.
Por otro lado, del cien por ciento de oraciones, más del noventa por ciento tienen que ver con pedidos y solicitudes al Señor. Creo que aún no nos hemos dado cuenta de nuestra condición de miseria y de pecado. Y que el único derecho que nos asiste es la muerte por ser pecadores.
Sin embargo, nuestro Dios es: “misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad” (Éxodo 34:6b). Y nos va a recibir las veces que estemos dispuestos a buscarle. Nuestro Dios es bueno, mucho más de lo que podemos imaginarnos. Pero eso no significa que debamos abusar de Él. Sino que deberíamos imitar la oración de Nehemías, cuyo contenido es ejemplar en Su solicitud:
- LA ORACIÓN INVOLUCRA A DIOS. Y lo hace partícipe de Su pedido nada menos que rogándole que: “esté ahora atento y abierto tus ojos para oír la oración de tu siervo,” (v.6a). Nehemías con toda humildad le pide a Dios que escuche su oración. Esto hace ver que este líder tenía dos cosas en su corazón: Primero, necesitaba experimentar el concurso de Dios. Y segundo, su pedido dependía completamente de Dios.
- LA ORACIÓN DEBE SER PERSEVERANTE. Esto es una de las fragilidades del creyente. Ora una o dos veces y espera la respuesta. No así Nehemías: “que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos;” (v.6b). Hay situaciones que nos deben llevar constantemente delante del trono de Dios y suplicar sin tiempo, y reiteradamente nuestra solicitud.
- LA ORACIÓN DEBE INVOLUCRAR EL ARREPENTIMIENTO. No hay nada más que nos separe de Dios que el pecado. Lo peor es que, ni siquiera nos damos cuenta de este problema tan grave. De allí que Nehemías, “y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado.” (v. 6c). Nehemías, no había pecado, ni estaba involucrado en los pecados de sus hermanos israelitas. Sin embargo, se identifica con humildad al saber que pertenecemos a la misma raza caída, rebelde y desobediente. Y que necesitamos siempre confesar pecados propios y ajenos, sin excusarnos de ellos.
Qué linda oración, qué sencilla, qué humilde y comprometedora. Ojalá nos demos cuenta de que es necesario identificarnos con los necesitados y se ubica con los pecadores. Qué buen ejemplo para nosotros, que acostumbramos a deslindar posiciones.
¡Con la expectativa de verte!

Vicente Alcántara Ulloa
Pastor Supervisor
