CALLARON AL MENSAJERO, PERO NO AL MENSAJE
“La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre.”
Isaías 40:8
En la historia reciente hemos visto cómo hombres y mujeres que levantaron su voz en defensa de convicciones firmes han sido silenciados, algunos incluso de manera violenta. El asesinato de un activista político conservador en Estados Unidos es un ejemplo doloroso. Su voz fue callada abruptamente, pero el mensaje que defendió no se apaga con su ausencia.
Esto nos recuerda una realidad espiritual más profunda: los mensajeros pueden ser callados, pero el mensaje de Dios nunca muere. A lo largo de los siglos, los enemigos del Evangelio intentaron silenciar profetas, apóstoles y hasta al mismo Cristo. Sin embargo, la Palabra de Dios sigue viva, sigue transformando, sigue iluminando.
- El intento humano de silenciar la verdad
Desde tiempos antiguos, el mundo ha tratado de acallar los mensajes incómodos. Jeremías fue encarcelado por anunciar juicio, Amós fue expulsado por denunciar injusticias, Juan el Bautista fue decapitado por confrontar el pecado de Herodes. Incluso Jesús, el Hijo de Dios, fue crucificado porque su mensaje de verdad desafiaba las estructuras religiosas y políticas de su tiempo.
Sin embargo, lo notable es que aunque los mensajeros desaparecieron físicamente, sus mensajes siguen resonando hasta hoy. La voz de Juan el Bautista aún clama: “Preparad el camino del Señor” (Mateo 3:3). Y las palabras de Cristo siguen siendo esperanza de vida eterna para millones.
2. El poder del mensaje eterno
¿Por qué el mensaje no muere? Porque no depende del mensajero, sino de Dios mismo. Isaías 40:8 lo resume con claridad: las personas, como la hierba, se secan y pasan; pero la Palabra de Dios permanece para siempre.
Esto es un recordatorio poderoso en medio de la violencia y la injusticia: la voz humana puede ser silenciada, pero el mensaje divino sigue fluyendo con fuerza. La muerte de Esteban, el primer mártir cristiano (Hechos 7), no frenó la expansión del Evangelio; al contrario, la persecución llevó a los creyentes a anunciar la Palabra en nuevos lugares. Lo que parecía una derrota se convirtió en semilla de victoria.
3. Nuestra responsabilidad: seguir transmitiendo el mensaje
Si el mensaje permanece, entonces nuestra tarea es tomarlo y seguir proclamándolo. Jesús nos llamó a ser testigos (Hechos 1:8), a llevar su Palabra hasta lo último de la tierra. Aun cuando algunos sufran persecución o rechazo, la misión no termina.
Callaron a Pablo con cadenas, pero desde la cárcel escribió cartas que hoy fortalecen a millones de creyentes. Callaron a muchos mártires a lo largo de la historia, pero su sangre se convirtió en semilla de la Iglesia. Callaron a activistas, predicadores, pastores y líderes, pero el mensaje de justicia, verdad y esperanza sigue vivo.
Dios nos invita hoy a no dejar que el miedo, la presión o la indiferencia silencien nuestra voz. Si otros fueron fieles hasta la muerte, ¿cómo no serlo nosotros en la vida diaria? El mensaje sigue vivo en cada creyente que decide ser sal y luz en su entorno.
La violencia puede callar voces humanas, pero nunca logrará silenciar la verdad eterna de Dios. Los mensajeros son temporales; el mensaje es eterno. Esta es nuestra seguridad: el Evangelio no muere, porque proviene del Dios vivo.
Hoy podemos decir con fe: callaron al mensajero, pero no al mensaje. Y mientras tengamos aliento de vida, estamos llamados a ser portadores de esa Palabra que transforma corazones y trae esperanza en medio de un mundo quebrantado.

Juan Carlos Chirinos
Pastor Asistente
