DIOS QUIERE PUREZA EN NUESTRO HABLAR Y RESPETO HACIA LOS DEMÁS
«Solo el de conducta intachable, que practica la justicia y de corazón dice la verdad; que no calumnia con la lengua, que no le hace mal a su prójimo ni le acarrea desgracias a su vecino.»
Salmos 15:2-3
Este salmo que hemos leído comienza con una pregunta en el versículo 1. Sobre quién puede morar con Dios (Salmo 15:1). El resto del salmo es la respuesta de David a su propia pregunta.
Aquí podemos darnos cuenta de algunas cualidades que debe tener toda aquella persona que quiere pasar tiempo en la presencia de Dios. Debe ser alguien íntegro, justo, sincero y cuidadoso con sus palabras y acciones hacia los demás.
David nos presenta un retrato del carácter que Dios aprueba en la vida de un creyente. Aquí no vemos que habla de rituales, de títulos o apariencias externas, sino de una vida íntegra, honesta delante de Dios. El hecho de caminar en integridad significa que lo que somos en privado es lo mismo que mostramos en público. Hacer justicia es actuar de manera recta, aun cuando nadie nos aplauda. Y hablar verdad en el corazón implica que nuestras palabras nacen de pensamientos totalmente limpios y sinceros y sin ninguna mala intención.
Integridad: No es ser perfectos, porque no lo somos ni lo seremos mientras estemos en este mundo caído. Si no es el hecho de ser coherentes entre lo que creemos, decimos y hacemos. Es ser la misma persona cuando estamos en público y en privado.
Justicia: Es actuar correctamente con lo que Dios nos pide. Ser correctos para con las personas, aun cuando nadie nos ve.
Verdad en el corazón: No solo decir la verdad con los labios, sino vivir desde un corazón sincero.
Cuidado con nuestras palabras: Es no calumniar, no dañar con rumores, no herir al prójimo con chismes o críticas que muchas veces son injustas.
Respeto al prójimo: Es evitar cualquier acción que manche la reputación o la dignidad del otro.
Mis hermanos, vivimos en un mundo donde reina la mentira y la injusticia, en un mundo donde la crítica destructiva se ha vuelto cotidiana. El salmista nos recuerda que la comunión con Dios requiere pureza en nuestro hablar y respeto hacia los demás. No se trata solo de no hacer daño, sino de ser intencionales en construir, animar y bendecir a otros. Recodemos que somos luz, y algún día estaremos delante de Dios dando cuenta por todo lo bueno o lo malo que hayamos hecho y también por cada palabra que pronuncian nuestros labios (Mateo 12:36-37).

José Miguel Olave
Pastor de Adoración y Artes
